La meseta de Somuncurá es una inmensa mesada de cientos de miles de kilómetros cuadrados que se extiende de Rio Negro hacia el sur, hacia Chubut, hasta la zona de Telsen y Gan-Gan. Esa meseta de origen volcánico, al levantarse centenares de metros sobre el nivel del mar arrastró otros sedimentos de origen marino o de origen terrestre. No es difícil que en algún lugar el basalto haya adoptado una forma cristalina que se llama "fonolito", porque golpeados a veces con el viento muy fuerte los fonolitos suenan: es "la piedra que habla", de ahí el nombre de esa formación. Allí Juan Carlos Bustriazo Ortiz tomó contacto con el mundo de los salamanqueros.
La salamanca patagónica tiene poco y nada que ver con la del norte del país. Esta es un recinto infernal donde se da un pacto fáustico, en el sentido de Goethe, es decir, donde a cambio del alma se obtienen saberes, poderes, o se pueden concretar ansiados objetivos hasta ahora no logrados. La salamanca de Somuncurá nada tiene de infernal y está ligada siempre a la presencia del agua fluyente, que corre. El salamanquero vive al lado de un manantial, de un arroyito, de un nacimiento de agua. Ese salamanquero tiene saberes mágicos, legendarios; varios de ellos figuran en los libros de Juan Carlos; por ejemplo, Antipán ("león del sol", "león solar"). Ese mundo de la salamanca patagónica fascinó a Juan Carlos. En los dos tomos de Canto Quetral (2008, 2017) están muchos nombres salamanqueros. Están los Durazno, gente tehuelche; bastaba con verlos, los hombres andaban en un metro ochenta; la contextura del mapuche es otra: más bajos, anchos de cuerpo. Juan Carlos subió hasta las nacientes del arroyo La Ventana de Somuncurá, donde surge de una grieta del basalto; ahí vive Juan Calfín: hay también un poema dedicado a este salamanquero. Era un mundo que lo atrapó a Juan Carlos.