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Oeconomicae et pecuniariae quaestiones.- Consideraciones para un discernimiento

 12/07/2018   596

(Continuación de esta exposición reciente del Papa Francisco acerca de conceptos tales como: ética, mercados, dignidad, bien común, cosificación, bien común, comunión, humanizar)


II. Consideraciones básicas de fondo

 

7. Algunas consideraciones elementales son evidentes a los ojos detodos los que, lealmente, tienen presente la situación histórica en la quevivimos; y ello más allá de cualquier teoría o escuela de pensamiento, en cuyaslegítimas discusiones este documento no pretende intervenir y a cuyo diálogo,por el contario, desea contribuir, con la conciencia de que no hay recetas económicasválidas universalmente y para siempre.

 

8. Toda realidad y actividad humana, si se vive en el horizonte deuna ética adecuada, es decir, respetando la dignidad humana y orientándose albien común, es positiva. Esto se aplica a todas las instituciones que genera ladimensión social humana y también a los mercados, a todos los niveles,incluyendo los financieros.

 

A este respecto cabe señalar que incluso aquellos sistemas que danvida a los mercados, más que basarse en dinámicas anónimas, elaboradas portecnologías cada vez más sofisticadas, se sustentan en relaciones, que nopodrían establecerse sin la participación de la libertad de los individuos.Resulta claro entonces que la misma economía, como cualquier otra esferahumana, «tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de unaética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona».[14]

 

9. Por lo tanto, es obvio que sin una visión adecuada del hombre esimposible fundar ni una ética ni una praxis que estén a la altura de su dignidady de un bien que sea realmente común. De hecho, por mucho que se proclameneutral o separada de cualquier conexión de fondo, toda acción humana – inclusoen la esfera económica – implica una comprensión del hombre y del mundo, querevela su mayor o menor positividad a través de los efectos y el desarrollo queproduce.

 

En este sentido, nuestra época se ha revelado de cortas miras acercadel hombre entendido individualmente, prevalentemente consumidor, cuyobeneficio consistiría más que nada en optimizar sus ganancias pecuniarias. Especuliar de la persona humana, de hecho, poseer una índole relacional y unaracionalidad a la búsqueda perenne de una ganancia y un bienestar que seancompletos, irreducibles a una lógica de consumo o a los aspectos económicos dela vida.[15]

 

Esta índole relacional fundamental del hombre[16] está esencialmentemarcada por una racionalidad, que resiste cualquier reducción que cosifique susexigencias de fondo. En este sentido, no se puede negar que hoy existe unatendencia a cosificar cualquier intercambio de "bienes", reduciéndoloa mero intercambio de "cosas".

 

En realidad, es evidente que en la transmisión de bienes entresujetos está en juego algo más que los meros bienes materiales, dado que estosa menudo vehiculan bienes inmateriales, cuya presencia o ausencia concretadetermina, en modo decisivo, también la calidad de las mismas relacioneseconómicas (como confianza, imparcialidad, cooperación…). A este nivel es fácilentender bien que la lógica del don sin contrapartida no es alternativa sinoinseparable y complementaria a la del intercambio de equivalentes.[17]

 

10. Es fácil ver las ventajas de una visión del hombre entendidocomo sujeto constitutivamente incorporado en una trama de relaciones, que sonen sí mismas un recurso positivo.[18] Toda persona nace dentro de un contextofamiliar, es decir, dentro de relaciones que lo preceden, sin las cuales seríaimposible su mismo existir. Más tarde desarrolla las etapas de su existencia,gracias siempre a ligámenes, que actúan el colocarse de la persona en el mundocomo libertad continuamente compartida. Son precisamente estos ligámenesoriginales los que revelan al hombre como ser relacionado y esencialmentemarcado por lo que la Revelación cristiana llama "comunión".

 

Este carácter original de comunión, al mismo tiempo que evidencia encada persona humana un rastro de afinidad con el Dios que lo ha creado y lollama a una relación de comunión con él, es también aquello que lo orientanaturalmente a la vida comunitaria, lugar fundamental de su completarealización. Sólo el reconocimiento de este carácter, como elementooriginariamente constitutivo de nuestra identidad humana, permite mirar a losdemás no principalmente como competidores potenciales, sino como posibles aliadosen la construcción de un bien, que no es auténtico si no se refiere, al mismotiempo, a todos y cada uno.

 

Esta antropología relacional ayuda también al hombre a reconocer lavalidez de las estrategias económicas dirigidas principalmente a la calidad globalde vida, antes que al crecimiento indiscriminado de las ganancias; a unbienestar que, si se pretende tal, debe ser siempre integral, de todo el hombrey de todos los hombres. Ningún beneficio es legítimo, en efecto, cuando sepierde el horizonte de la promoción integral de la persona humana, el destinouniversal de los bienes y la opción preferencial por los pobres.[19] Estos tresprincipios se implican y exigen necesariamente el uno al otro en la perspectivade la construcción de un mundo más justo y solidario.

 

Así, todo progreso del sistema económico no puede considerarse talsi se mide solo con parámetros de cantidad y eficacia en la obtención debeneficios, sino que tiene que ser evaluado también en base a la calidad devida que produce y a la extensión social del bienestar que difunde, unbienestar que no puede limitarse a sus aspectos materiales. Todo sistemaeconómico legitima su existencia no sólo por el mero crecimiento cuantitativode los intercambios económicos, sino probando su capacidad de producirdesarrollo para todo el hombre y todos los hombres. Bienestar y desarrollo seexigen y se apoyan mutuamente,[20] requiriendo políticas y perspectivassostenibles más allá del corto plazo.[21]

 

En este sentido, es deseable que, sobre todo las universidades y lasescuelas de economía, en sus programas de estudios, de manera no marginal oaccesoria, sino fundamental, proporcionen cursos de capacitación que eduquen aentender la economía y las finanzas a la luz de una visión completa del hombre,no limitada a algunas de sus dimensiones, y de una ética que la exprese. Unagran ayuda, en este sentido, la ofrece la Doctrina social de la Iglesia.

 

11. Por lo tanto, el bienestar debe evaluarse con criterios muchomás amplios que el producto interno bruto (PIB) de un país, teniendo más bienen cuenta otros parámetros, como la seguridad, la salud, el crecimiento del"capital humano", la calidad de la vida social y del trabajo. Debebuscarse siempre el beneficio, pero nunca a toda costa, ni como referencia únicade la acción económica.

 

Aquí resulta ejemplar la importancia de parámetros que humanicen, deformas culturales y mentalidades en las que la gratuidad – es decir, eldescubrimiento y el ejercicio de lo verdadero y lo justo como bienesintrínsecos – se convierta en la norma de medida,[22] y donde ganancia ysolidaridad no sean antagónicas. De hecho, allí donde prevalece el egoísmo ylos intereses particulares es difícil para el hombre captar esa circularidadfecunda entre ganancia y don, que el pecado tiende a ofuscar y destruir. Por elcontrario, en una perspectiva plenamente humana, se establece un círculovirtuoso entre ganancia y solidaridad, el cual, gracias al obrar libre delhombre, puede expandir todas las potencialidades positivas de los mercados.

 

Un recordatorio siempre actual para reconocer la conveniencia humanade la gratuidad proviene de aquella regla formulada por Jesús en el Evangeliollamada regla de oro, que nos invita a hacer a los demás lo que nos gustaríaque nos hicieran a nosotros (cf. Mt 7,12; Lc 6,31).

Continúa el texto.

SECRETARIA DE PROFESIONALES.

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